lunes, 14 de febrero de 2011

El Boxeador...

El enorme Ricardo Garibay

Rubén El Púas Olivares

David El Macetón Cabrera

Ricardo Garibay escribió alguna vez, creo que en Fiera Infancia y Otros Años, las siguientes frases: “Nunca he conseguido ser enteramente auténtico, me gustaría parecerme al boxeador que sin oportunidad ninguna de triunfo, como alegre suicida, sigue rompiéndose la madre hasta el último round”.

Qué bella imagen: rompiéndose la madre hasta el último round, sabiendo que todo está perdido.

Así era David El Macetón Cabrera, un peleador de peso semicompleto que tuvo su media hora de fama a principios de los 80. Dicha fama residió sobre todo en su discapacidad, ya que tenía rígida la pierna derecha a consecuencia de un accidente con un autobús. También fue famoso por que carecía de técnica en eso de liarse a mamporros con el prójimo.

Lo vi en 1981 creo. Fue en la vieja Arena Coliseo, no recuerdo el nombre de su oponente. Era una locomotora el Macetón Cabrera, una avalancha ciega de golpes y sudor y sangre, un rehilete de brazos desbocados; una furia cuya determinación lo hacía ir para adelante, para adelante, para adelante, con los pómulos tumefactos, las cejas monstruosas, los labios en flor.

Iba al frente el Macetón Cabrera, demoliendo al contrincante a base de puros riñones, sin cintura, sin bénding, sin fáit-step, apoyado en la pierna reseca, en su aguante prodigioso y en su voluntad de fierro colado. Dejaba para otros la elegancia, el estilo, los golpes a la alta escuela; lo suyo era abrirse paso a pico y pala, a madrazo limpio, como lo que era: un guerrero del cuadrilátero, una leyenda. Lo suyo eran huevos y actitud; no necesitó de más.

David Cabrera murió hace poco, en diciembre de 2010, a la edad de 73 años. Uno de sus admiradores dijo: “Él era el tipo que quisieras a tu lado en una pelea de cantina. El Macetón parecía una puta muralla mientras cruzaba el ring con ese pie arrastrándose detrás de él. Era como su ancla, pero él nunca permitió que eso le impidiera pelear. Era un verdadero boxeador ese vato”. No puedo pensar en un obituario más justo.

Lo recuerdo ahora por las palabras del Ricardo Garibay, boxeador frustrado y escritor de altos vuelos, quien se ocupó del tema como pocos en Las Glorias del Gran Púas, ese testimonio inigualable sobre otra leyenda de los encordados, Rubén El Púas Olivares.

Lo recuerdo porque ahora mismo estoy escuchando The Boxer, de Paul Simon, y algo de inasible nostalgia y de tristeza se cuela de pronto en estas palabras. Como una racha de aire frío. Como el recordatorio de una sentencia irrevocable.

Hace mucho tiempo intenté tocar The Boxer en la guitarra. La canción tiene cierta dificultad por el Travis picking, o como se le llame, y porque además canto feo y mal. Pero la letra tiene una belleza aterradora, un coraje del que las palabras de Garibay hacen eco quizá sin saberlo, sobre todo la última estrofa, para la cual no encuentro la traducción adecuada. Perdonen la carencia; en el inglés, como en algunas otras materias del conocimiento humano, soy autodidacta:

In the clearing stands a boxer,/And a fighter by his trade/And he carries the reminders/Of ev'ry glove that laid him down/And cut him till he cried out/In his anger and his shame,/"I am leaving, I am leaving."/But the fighter still remains…

Sí, el peleador sigue...

2 comentarios:

  1. Es la persona que en lo personal me identifico, tenas sin importar los resultados y no temer a nada

    Saludos

    ResponderEliminar
  2. hola lamento mal informarte pero el señor david sigue vivo.......

    ResponderEliminar