Leo y escucho con desconcierto y pena que la música se convirtió en los últimos años en un instrumento de tortura. No me refiero al hecho de que el vecino se tome unos alcoholes y le dé por poner chunchaca hasta altas horas de la mañana, sino a los informes de que el ejército gringo está utilizando música de rock (aunque la oferta incluye variables como Cristina Aguilera y Barney, el Dinosaurio Gay) para torturar prisioneros y hacerlos cantar hasta las mañanitas.
Se sabe que desde hace años los investigadores al servicio de la maquinaria de guerra estadunidense experimentan con diversas aplicaciones del sonido para controlar multitudes, disuadir al enemigo e incluso ocasionarle daños físico. Ahora le recetan a las víctimas fuertes dosis de rock estruendoso para despersonalizarlas y ponerlas fuera de combate, sobre todo a quienes tienen la desgracia de caer en el bote gringo.
Me sorprende y me duele que la música, a la que siempre relacioné con todo cuanto hay de valioso en la vida, al grado de considerar, como Nieztche, que sin ella la vida bien podría ser una equivocación, se utilice en algo tan aberrante como la tortura a un ser humano. Y nos asombra saber del horror y la barbarie de la Inquisición, las matanzas por razones étnicas, la muerte de millones en los campos nazis, sin darnos cuenta de que los métodos cambiaron pero la acción es la misma.
¿Cuándo se convierte la música en un tormento? No sé. Ya les platicaba en Toques anteriores de la tarde en que inauguraron el gimnasio frente a mi casa. Hubo fiesta y música hasta el amanecer. Es natural. Pero que pasó una semana, luego dos, luego un mes, y la música seguía al mismo volumen que cuando la inauguración. Entonces se convirtió en un tormento tal que fue necesario recurrir a las autoridades para que mediaran entre el dueño (a quien terminé de caerle gordo desde entonces) y yo.
El problema con el ruido (a esas alturas cualquier música puede convertirse en ruido) es que no es posible cerrar los oídos. Vayas a donde vayas te persigue. No te deja escuchar tus pensamientos. En mi caso, me pone frenético, me incapacita para cualquier tarea, así sea la más simple. En pocas palabras, me pone al borde de la locura.
Ahora imagínense a un musulmán en Guantánamo. Terrorista o no, ese no es el caso. Imagínense a un ser humano en condiciones extremas, de pie en un espacio confinado, con frío o calor o humedad, hambriento y desorientado, que encima de eso tiene que soportar horas y horas de Enter Sandman, de Metallica, a todo volumen (en el menos peor de los casos, porque se reporta que hay quienes padecieron con I love you, de Barney, lo cual representa en sí un acto de crueldad sin límites).
Y recuerdo ahora películas como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), o Black Hawk Down (Ridley Scott, 2001). En la primera, cuyas escenas tienen continuidad sonora con la canción The End, de los Doors, es inolvidable la secuencia en que los helicópteros del Noveno batallón de la Primera División de Caballería Aerotransportada bombardean un poblado vietnamita mientras hacen sonar en las bocinas, con el más puro espíritu nazi, La Cabalgata de las Valkirias, de Richard Wagner. En la segunda, la incursión de los helicópteros MH-60 Black Hawk sobre Mogadiscio está ligada para siempre a Suspicious Minds, de Francis Zambon, interpretada por El Rey, Elvis Presley.
Dejen les cuento que cuando mi hijo estaba pequeño me tocaba la talacha de prepararlo para la escuela. El desafío era tenerlo listo a las 7 y 20 de la mañana, hora en que me iba a trabajar. Como le costaba (y le cuesta) un trabajo tremendo despertarse, tuve que idear algunos métodos para hacerlo despabilarse. Uno de ellos consistía en acercarle las bocinas del estéreo y ponerle a buen volumen, qué casualidad, Enter Sandman, que entonces estaba recién salida del horno, o Jump, de Van Halen, que tiene una batería inolvidable. Se levantaba de inmediato. ¿Será que llevo un torturador dentro, y que sometí a mi hijo a tormentos inconmensurables? No lo sé. Pero él, como venganza, no se iba temprano a la escuela: se quedaba viendo las caricaturas de Scooby (¡aj!) hasta las ocho de la mañana, hora en que salía disparado hacia la Benito Juárez.
PD. Lo más que puedo decir a mi favor es que nunca le puse rolas de Barney. No soy del todo cruel.
domingo, 29 de junio de 2008
viernes, 20 de junio de 2008
La primera rola (y los gestos de bondad de los padres)...
La primera canción que aprendí (es un decir) se llama You’ve got to hide your love away, y es de los Beatles. Fue un acto heroico. Mi papá tenía en casa una guitarra barata, artesanal, de esas imposibles de afinar, tan burda que aún no termino de explicarme cómo es que conseguía obtenerle algún sonido inteligible. Esa guitarra, y el Guitarra Fácil con éxitos de los Beatles ocuparon muchas de mis tardes en ese verano del 76.
Tuve un compañero, Fausto Casas Guadarrama, que era el amo para tocar la guitarra (al menos nos parecía el amo). Tato (ese era su nombre cariñoso) y su hermano eran el alma de las fiestas: bailadores, carismáticos, irresistibles y poseedores de un buen repertorio de rolas Beatles en las guitarras, y además las cantaban armonizando las voces. Esto los hacía doblemente notables.
Cuando en una reunión en su casa escuché a los hermanos Casas ejecutando esas rolas en guitarras de hoyo me sorprendí porque hasta entonces no me imaginaba que una guitarra de esas, en las que mi jefe tocaba rancheras, pudieran interpretarse también a los Beatles. Mucho menos con la guitarra artesanal que tenía mi papá en la sala. De regreso a mi casa me compré el Guitarra Fácil y decidí empezar mi aprendizaje autodidacta. Ya les dije que los Beatles me habían arruinado el gusto para siempre, ¿no es cierto?
Tocar la guitarra es todo un desafío. Pero hacerlo con la guitarra de mi papá convertía la tarea en punto menos que imposible; pero la persistencia da frutos, y todas aquellas tardes que invertí masacrándome los dedos con las cuerdas oxidadas del instrumento músico terminaron por dar resultado: saqué mi primera rola. Desafinada, fuera de tiempo, con los acordes equivocados, pero completa. Ah, y mal, muy mal cantada.
Desde esas fechas la guitarra se me convirtió en un vicio abrasivo. Difícil de practicar, es cierto, por lo rústico del instrumento. Además, el aprendizaje autodidacta de la guitarra no conduce más que a una lastimosa y enorme pérdida de tiempo. De modo que empecé a dar vueltas en redondo, tropezando una y otra vez con el escollo de la ignorancia. Mi padre trató, sin mucho resultado, de inculcarme el gusto por las rancheras. Nunca en la vida. Como era un estupendo cantante de vernáculas trató de enseñarme a cantar. Tampoco pudo. Tras dos o tres intentos me dejó por mi propia cuenta. No obstante, aquellas tardes de aburrimiento ensayando círculos tuvieron su razón de ser, y con el paso del tiempo aprendí un poco.
Pero no era eso lo que deseaba contarles, sino el destino final de esa guitarra. Por razones que no viene al caso relatarles, mi padre descubrió que tenía corazón de aventurero, así es que un día nos dijo voy por cigarros, se puso el sombrero y tardó como dos años en regresar. Yo estaba en la escuela cuando él llegó. Venía flaco y como desorientado. Nos saludamos como si nos hubiéramos visto ayer. Ni siquiera supe dónde había estado. Cuando fui a la sala, la guitarra ya no estaba. ¿Y la guitarra?, le pregunté. La regalé, me dijo con indiferencia.
La neta pensé qué clase de padre era. Luego entendí que era su guitarra y que podía hacer con ella lo que quisiera. Me fui al cuartito y allí estuve una media hora rumiando mi trsiteza hasta que entró y me dijo mira lo que te traje. Era una guitarra nueva, de cuerdas de acero, que en ese momento me pareció la más bella de todas. No supe qué decirle y de inmediato me sentí culpable por el enojo que sentía contra él.
Esa fue mi guitarra durante muchos años. Ni siquiera tenía marca, y con el paso del tiempo se enchuecó y fue ya imposible afinarla, pero la conservé durante casi toda mi vida de adulto porque representaba uno de los pocos actos de bondad que mi padre tuvo conmigo.
(Decidí echarla a la basura una tarde después de un viaje al DF. Nos habíamos visto apenas un par de horas. Lo primero que me dijo fue, bueno, y mi guitarra, ¿cuándo me la vas a devolver? ¡porque sólo era prestada! En eso terminó uno de los pocos actos de bondad que mi padre tuvo conmigo).
Tuve un compañero, Fausto Casas Guadarrama, que era el amo para tocar la guitarra (al menos nos parecía el amo). Tato (ese era su nombre cariñoso) y su hermano eran el alma de las fiestas: bailadores, carismáticos, irresistibles y poseedores de un buen repertorio de rolas Beatles en las guitarras, y además las cantaban armonizando las voces. Esto los hacía doblemente notables.
Cuando en una reunión en su casa escuché a los hermanos Casas ejecutando esas rolas en guitarras de hoyo me sorprendí porque hasta entonces no me imaginaba que una guitarra de esas, en las que mi jefe tocaba rancheras, pudieran interpretarse también a los Beatles. Mucho menos con la guitarra artesanal que tenía mi papá en la sala. De regreso a mi casa me compré el Guitarra Fácil y decidí empezar mi aprendizaje autodidacta. Ya les dije que los Beatles me habían arruinado el gusto para siempre, ¿no es cierto?
Tocar la guitarra es todo un desafío. Pero hacerlo con la guitarra de mi papá convertía la tarea en punto menos que imposible; pero la persistencia da frutos, y todas aquellas tardes que invertí masacrándome los dedos con las cuerdas oxidadas del instrumento músico terminaron por dar resultado: saqué mi primera rola. Desafinada, fuera de tiempo, con los acordes equivocados, pero completa. Ah, y mal, muy mal cantada.
Desde esas fechas la guitarra se me convirtió en un vicio abrasivo. Difícil de practicar, es cierto, por lo rústico del instrumento. Además, el aprendizaje autodidacta de la guitarra no conduce más que a una lastimosa y enorme pérdida de tiempo. De modo que empecé a dar vueltas en redondo, tropezando una y otra vez con el escollo de la ignorancia. Mi padre trató, sin mucho resultado, de inculcarme el gusto por las rancheras. Nunca en la vida. Como era un estupendo cantante de vernáculas trató de enseñarme a cantar. Tampoco pudo. Tras dos o tres intentos me dejó por mi propia cuenta. No obstante, aquellas tardes de aburrimiento ensayando círculos tuvieron su razón de ser, y con el paso del tiempo aprendí un poco.
Pero no era eso lo que deseaba contarles, sino el destino final de esa guitarra. Por razones que no viene al caso relatarles, mi padre descubrió que tenía corazón de aventurero, así es que un día nos dijo voy por cigarros, se puso el sombrero y tardó como dos años en regresar. Yo estaba en la escuela cuando él llegó. Venía flaco y como desorientado. Nos saludamos como si nos hubiéramos visto ayer. Ni siquiera supe dónde había estado. Cuando fui a la sala, la guitarra ya no estaba. ¿Y la guitarra?, le pregunté. La regalé, me dijo con indiferencia.
La neta pensé qué clase de padre era. Luego entendí que era su guitarra y que podía hacer con ella lo que quisiera. Me fui al cuartito y allí estuve una media hora rumiando mi trsiteza hasta que entró y me dijo mira lo que te traje. Era una guitarra nueva, de cuerdas de acero, que en ese momento me pareció la más bella de todas. No supe qué decirle y de inmediato me sentí culpable por el enojo que sentía contra él.
Esa fue mi guitarra durante muchos años. Ni siquiera tenía marca, y con el paso del tiempo se enchuecó y fue ya imposible afinarla, pero la conservé durante casi toda mi vida de adulto porque representaba uno de los pocos actos de bondad que mi padre tuvo conmigo.
(Decidí echarla a la basura una tarde después de un viaje al DF. Nos habíamos visto apenas un par de horas. Lo primero que me dijo fue, bueno, y mi guitarra, ¿cuándo me la vas a devolver? ¡porque sólo era prestada! En eso terminó uno de los pocos actos de bondad que mi padre tuvo conmigo).
martes, 27 de mayo de 2008
Aquí, reportándome...
En los último días no escuché nada de música. Estuve ocupado haciéndome pendejo con cosas que ni al caso vienen. Fue un par de semanas realmente crispante. Sin la música, dijera Nietzche, la vida bien pudiera ser una equivocación. Lo es. Me doy cuenta de que a estas alturas de mi existencia me sería imposible prescindir de la música. La banda sonora de esto que llamamos vida tiene la virtud de llevarme de regreso a las parcelas de lo que a veces llego a dar por perdido: los días de mi infancia, los de mi juventud acelerada, los años de mi madurez y los de ahora, que me siento viejo y acabado.
Porque, sabedlo todos, soberanos y vasallos, príncipes y mendigos, amigos todos, cada día tiene sus propios afanes y la música los hace más ligeros. Hay canciones luminosas, imperecederas, cuyos primeros compases hacen florecer a los jardines. Hay canciones terribles como el recuerdo de un asesinato, canciones desgarradoras y también tontas. Hay canciones sin sentido y algunas tan simples que a veces pienso "yo pude haberla escrito", ya sea Knockin' on Heavens Doors o Rain. Pero me engaño: es muy sencillo imitar un Picasso, pero crearlo es prácticamente imposible.
Y fíjense, sin querer, terminé mezclando ahora los dos grandes temas de mi vida: la música y la pintura. Bob Dylan es el Picasso de la música. Sin él es imposible imaginar el rumbo que hubiera tomado el rock and roll. Lo mismo ocurre con Picasso: Picasso es la pintura, al menos la de los últimos 80 años.
Ahora que lo pienso, casi nunca, por no decir nunca, he escrito sobre la pintura. ¿Y saben qué? Alguna vez pensé que no podría vivir un solo día si no tuviera el consuelo de la pintura.
Estaba equivocado.
Porque, sabedlo todos, soberanos y vasallos, príncipes y mendigos, amigos todos, cada día tiene sus propios afanes y la música los hace más ligeros. Hay canciones luminosas, imperecederas, cuyos primeros compases hacen florecer a los jardines. Hay canciones terribles como el recuerdo de un asesinato, canciones desgarradoras y también tontas. Hay canciones sin sentido y algunas tan simples que a veces pienso "yo pude haberla escrito", ya sea Knockin' on Heavens Doors o Rain. Pero me engaño: es muy sencillo imitar un Picasso, pero crearlo es prácticamente imposible.
Y fíjense, sin querer, terminé mezclando ahora los dos grandes temas de mi vida: la música y la pintura. Bob Dylan es el Picasso de la música. Sin él es imposible imaginar el rumbo que hubiera tomado el rock and roll. Lo mismo ocurre con Picasso: Picasso es la pintura, al menos la de los últimos 80 años.
Ahora que lo pienso, casi nunca, por no decir nunca, he escrito sobre la pintura. ¿Y saben qué? Alguna vez pensé que no podría vivir un solo día si no tuviera el consuelo de la pintura.
Estaba equivocado.
domingo, 25 de mayo de 2008
Será el cansancio...
... o no sé. pero ya llevo un par de años publicando la afamado columna "Un Toque de Rock" en la edición sabatina de Noreste, un diario de acá de mi pueblo. Y como que ya se me acabó la cuerda, sobre todo porque este par de años me sirvieron ya para comentarles mis aficiones principales, para irme de bruces con los Beatles y Led Zeppelin... y resulta que, agotadas mis preferencias, empiezo a despotricar contra lo que no me gusta... y eso no me gusta...
Estoy cansado... hoy llegué tarde a la repartición de cerebros... pero sé que es nada más este día.
Tengo planeado escuchar el Machine Head del Purple... luego la vemos...
Estoy cansado... hoy llegué tarde a la repartición de cerebros... pero sé que es nada más este día.
Tengo planeado escuchar el Machine Head del Purple... luego la vemos...
viernes, 16 de mayo de 2008
Ya que estamos en esto...
De Tlalnepantla a mi casa se hacía el camión más de media hora. Los autobuses eran de esas carcachas setenteras ruidosas y malolientes, de color amarillos con una franja verde y otra blanca,que hacían la ruta hasta Tenayuca y puntos intermedios. Allí podías realmente nutrirte de folclor y costumbrismos.
Eran unas chatarras esos autobuses, lentos como fin de quincena, y los conducían verdaderos guerreros de la carretera, feos como australopitecos e igual de malencarados. Los pueblos en ese entonces no eran tan grandes como ahora y se diferenciaban con claridad unos de otros: Santa Cecilia, San Rafael y Tlane, y como los hábitos nos hermanaban, compartí innumerables travesías con vecinos y conocidos que hacían la misma ruta todas las mañanas hacia la escual o hacia el trabajo. Lo mismo de regreso, por las tardes, cuando la fatiga había terminado por borrar la sonrisa y el bienestar de las primeras horas.
Uno de los personajes que me acompañaba casi siempre era un músico ambulante. Le decíamos el Jimmy Page (¡y que Jimmy Page nos perdone por tan craso pecado!). Era un tipo alto y desgarbado, con el pelo rizado a media espalda,moreno y dientón. Vestía jeans deshilachados y playera negra, invariablemente (o quizá era la misma playera siempre), y cantaba acompañado de una guitarra roñosa y desvencijada, con las cuerdas tan oxidadas que no podíamos entender cómo es que el tipo no había muerto de tétanos.
Pues bien, ese cantante urbano sólo conocía una canción: Esclavo y Amo. Y con ella se esforzaba por halagar las trompas de Eustaquio de todos los dufridos pasajeros. Recargado contra el tubo o los asientos, o sentado en la última fila, el Jimmy se arrancaba con los primeros acordes, y berreaba (porque cantar lo era lo suyo) la primera estrofa. "No séeeeeeee, qué tiene tus óooojos...". Pero al terminar esa estrofa, el alma rockera del Jimmy entraba en acción, y nos recetaba un solo metalero de cuatro, cinco minutos, hasta que retomaba la rola original, "háaaaaaace que me sienta esclavo, y amoooo, del universoooooooooooooooo". Y de inmediato, otro solo de cinco minutos. No muy bueno, pero solo al fin.
El caso es que ejecutada de esa manera, la rola duraba una media hora, durante la cual el flaco dejaba las tripas y el corazón, y terminaba sudoroso y con los dedos hechos talco, supongo. Lo malo es que se clavaba tanto rockeando que los pasajeros subían y bajaban mientras él destrozaba cuanta escala se le ponía en el camino, y que en su afán de hacer las delicias del respetable no se daba la oportunidad de recolectar als monedas, y cuando venía a salir de su trance extático, ya sólo quedábamos a bordo dos o tres tipos tan pobres o más que él.
Al percatarse de la situación, el Jimmy se ponía de pie con toda dignidad y le pedía al chofer que le permitiera bajarse, desconcertado y sin dinero en los bolsillos, pero con un aura que al menos en mi recuerdo no lo abandona nunca.
Eran unas chatarras esos autobuses, lentos como fin de quincena, y los conducían verdaderos guerreros de la carretera, feos como australopitecos e igual de malencarados. Los pueblos en ese entonces no eran tan grandes como ahora y se diferenciaban con claridad unos de otros: Santa Cecilia, San Rafael y Tlane, y como los hábitos nos hermanaban, compartí innumerables travesías con vecinos y conocidos que hacían la misma ruta todas las mañanas hacia la escual o hacia el trabajo. Lo mismo de regreso, por las tardes, cuando la fatiga había terminado por borrar la sonrisa y el bienestar de las primeras horas.
Uno de los personajes que me acompañaba casi siempre era un músico ambulante. Le decíamos el Jimmy Page (¡y que Jimmy Page nos perdone por tan craso pecado!). Era un tipo alto y desgarbado, con el pelo rizado a media espalda,moreno y dientón. Vestía jeans deshilachados y playera negra, invariablemente (o quizá era la misma playera siempre), y cantaba acompañado de una guitarra roñosa y desvencijada, con las cuerdas tan oxidadas que no podíamos entender cómo es que el tipo no había muerto de tétanos.
Pues bien, ese cantante urbano sólo conocía una canción: Esclavo y Amo. Y con ella se esforzaba por halagar las trompas de Eustaquio de todos los dufridos pasajeros. Recargado contra el tubo o los asientos, o sentado en la última fila, el Jimmy se arrancaba con los primeros acordes, y berreaba (porque cantar lo era lo suyo) la primera estrofa. "No séeeeeeee, qué tiene tus óooojos...". Pero al terminar esa estrofa, el alma rockera del Jimmy entraba en acción, y nos recetaba un solo metalero de cuatro, cinco minutos, hasta que retomaba la rola original, "háaaaaaace que me sienta esclavo, y amoooo, del universoooooooooooooooo". Y de inmediato, otro solo de cinco minutos. No muy bueno, pero solo al fin.
El caso es que ejecutada de esa manera, la rola duraba una media hora, durante la cual el flaco dejaba las tripas y el corazón, y terminaba sudoroso y con los dedos hechos talco, supongo. Lo malo es que se clavaba tanto rockeando que los pasajeros subían y bajaban mientras él destrozaba cuanta escala se le ponía en el camino, y que en su afán de hacer las delicias del respetable no se daba la oportunidad de recolectar als monedas, y cuando venía a salir de su trance extático, ya sólo quedábamos a bordo dos o tres tipos tan pobres o más que él.
Al percatarse de la situación, el Jimmy se ponía de pie con toda dignidad y le pedía al chofer que le permitiera bajarse, desconcertado y sin dinero en los bolsillos, pero con un aura que al menos en mi recuerdo no lo abandona nunca.
Un viejecito amargado...
El aspecto más patético del rock nacional mexicano y sus derivados es el de la falta de preparación de los músicos, tanto en los aspectos de producción, como en capacidad interpretativa y sobre todo, para escribir las letras. Qué barbaridad.
Un músico de concierto, para que se le llame profesional, debe dedicar horas y horas al dominio técnico de su instrumento. Debe memorizar además decenas de partituras y ejecutarlas con todos sus ornamentos y matices. Debe ser un erudito en los estilos musicales y dominar la armonía y los detalles técnicos de la música.
Lo mismo pasa con un escritor que pueda considerarse a sí mismo un profesional (no como yo, que me considero un simple aficionado). No sólo debe estar empapado en el conocimiento de los clásicos, sino que debe manejar con soltura los aspectos técnicos de escribir, empezando por la ortografía, la gramática y los diversos estilos.
Pero en estos grupetes de ahora, y muchos que los antecedieron, parece que sólo fuera necesario tocar tres acordes en la guitarra para que se les considere músicos, y que balbucear incoherencias es bastante para escribir una letra decente. Y no es que quiera escuchar en cada uno de ellos a un Bob Dylan. Sé que muchas letras en inglés adolecen de carencias similares, pero al menos nos queda el consuelo de no comprenderlas. Pero creo que cada artista establece un compromiso con su público, el compromiso de que el producto que ofrecen vale la pena, que no se sentirán defraudados después de escuchar el disco, o de leer las primeras páginas de un libro.
Pero si al final sólo te queda el aburrimiento, cuando no la risa, sabes que te defraudaron, que lo que venden es un producto de mala calidad, patético y risible, por el que no vale la pena ni siquiera molestarse en bajarlo por la internet. Al respecto, les dejo un comentario de Dylan referente a la bronca entre Metallica y Nápster: “Recuerdo cuando se quejaban: ‘¡Todos están bajando música... y gratis!’. Bueno, pensé, ¿por qué no?, de todos modos esa música no vale nada”.
Pónganle nombre: Panda, Chetes, Maná, Santa Sabina, Caifanes, El Tri, ustedes escojan. Sus letras son una colección de verbos en infinitivo, ripios e ideas (cuando las hay) balbuceantes e inconexas. Pensaba poner aquí algunos ejemplos pero me da flojera. Eso en el mundo del pop. En el submundo del rock el asunto está más de la patada: Tex Tex, La Lupita, Charlie Montana, El Haragán (“voy a intentar una tonadaaaaaaa, que se parezca a Pin Floi”), Sam Sam, La Cuca, José Fors, Café Tacuba, tanto grupete de hueva. Quizá Lira’n Roll tenga algo rescatable, o Heavy Nopal, o Real de Catorce, pero son excepciones. Letras cabronas las de Jaime López, las de Carlos Arellano y en menor medida las del desaparecido y nunca bien ponderado Rockdrigo. Párenle de contar.
Insisto en que es un asunto de actitud, de estar dispuestos a dejar la vida en cada rola. En palabras de Dylan: “Con The Band era como si cada noche nos jugáramos la vida. Era el no va mas”. Jugarse la vida... suena sencillo, ¿no es cierto? ¿Cuántos de estos grupetes se juegan la vida en cada rola? Faltan coraje, agallas, actitud de romperse la madre, de dejar las tripas en cada letra, cada acorde.
La neta, qué hueva me dan. No valen nada.
Un músico de concierto, para que se le llame profesional, debe dedicar horas y horas al dominio técnico de su instrumento. Debe memorizar además decenas de partituras y ejecutarlas con todos sus ornamentos y matices. Debe ser un erudito en los estilos musicales y dominar la armonía y los detalles técnicos de la música.
Lo mismo pasa con un escritor que pueda considerarse a sí mismo un profesional (no como yo, que me considero un simple aficionado). No sólo debe estar empapado en el conocimiento de los clásicos, sino que debe manejar con soltura los aspectos técnicos de escribir, empezando por la ortografía, la gramática y los diversos estilos.
Pero en estos grupetes de ahora, y muchos que los antecedieron, parece que sólo fuera necesario tocar tres acordes en la guitarra para que se les considere músicos, y que balbucear incoherencias es bastante para escribir una letra decente. Y no es que quiera escuchar en cada uno de ellos a un Bob Dylan. Sé que muchas letras en inglés adolecen de carencias similares, pero al menos nos queda el consuelo de no comprenderlas. Pero creo que cada artista establece un compromiso con su público, el compromiso de que el producto que ofrecen vale la pena, que no se sentirán defraudados después de escuchar el disco, o de leer las primeras páginas de un libro.
Pero si al final sólo te queda el aburrimiento, cuando no la risa, sabes que te defraudaron, que lo que venden es un producto de mala calidad, patético y risible, por el que no vale la pena ni siquiera molestarse en bajarlo por la internet. Al respecto, les dejo un comentario de Dylan referente a la bronca entre Metallica y Nápster: “Recuerdo cuando se quejaban: ‘¡Todos están bajando música... y gratis!’. Bueno, pensé, ¿por qué no?, de todos modos esa música no vale nada”.
Pónganle nombre: Panda, Chetes, Maná, Santa Sabina, Caifanes, El Tri, ustedes escojan. Sus letras son una colección de verbos en infinitivo, ripios e ideas (cuando las hay) balbuceantes e inconexas. Pensaba poner aquí algunos ejemplos pero me da flojera. Eso en el mundo del pop. En el submundo del rock el asunto está más de la patada: Tex Tex, La Lupita, Charlie Montana, El Haragán (“voy a intentar una tonadaaaaaaa, que se parezca a Pin Floi”), Sam Sam, La Cuca, José Fors, Café Tacuba, tanto grupete de hueva. Quizá Lira’n Roll tenga algo rescatable, o Heavy Nopal, o Real de Catorce, pero son excepciones. Letras cabronas las de Jaime López, las de Carlos Arellano y en menor medida las del desaparecido y nunca bien ponderado Rockdrigo. Párenle de contar.
Insisto en que es un asunto de actitud, de estar dispuestos a dejar la vida en cada rola. En palabras de Dylan: “Con The Band era como si cada noche nos jugáramos la vida. Era el no va mas”. Jugarse la vida... suena sencillo, ¿no es cierto? ¿Cuántos de estos grupetes se juegan la vida en cada rola? Faltan coraje, agallas, actitud de romperse la madre, de dejar las tripas en cada letra, cada acorde.
La neta, qué hueva me dan. No valen nada.
domingo, 11 de mayo de 2008
Jorge Luis Borges
"En el tiempo hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo, la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con la muerte de un hombre.
¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, que forma patética o deleznable perderá el mundo?"
¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, que forma patética o deleznable perderá el mundo?"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)