lunes, 9 de mayo de 2011
Cuestión de actitud...
miércoles, 6 de abril de 2011
Black Magic Woman/Gypsy Queen
Esa canción me lleva de regreso, irremediablemente, al verano de 1979. Luz Eréndira Matamoros era mi amiga y vivía muy cerca de la escuela. Con ella, con Leticia y con Gerardo Romo, El Pollo, habíamos formado una especie de cofradía cuyos fines iniciales eran el estudio exhaustivo del álgebra y la trigonometría, con el fin de superar los escollos que el profesor Uzcanga nos puso en el camino del conocimiento.
Como les dije, Luz Eréndira vivía con su hermana y cuñado en una casa cercana a los terrenos de la prepa. Al principio no éramos amigos, pero cuando compartimos el aula del cuarto semestre nos unió la antipatía hacia el profesor Uzcanga, un enano bigotón que gozaba humillando a los alumnos y que estaba dispuesto a pasar sobre nuestros ignorantes cadáveres. No permita la virgen que tal iniquidad tuviera lugar.
Luz Eréndira tocaba el piano. Me gustaba escucharla en la estancia en penumbras, mientras la mente se me iba hacia ninguna parte. Al atardecer, entraba luz a raudales por las cortinas entreabiertas de la sala. Luz Eréndira tocaba el piano y la atmósfera se trastocaba en algo mágico, que puedo describir con palabras. Luego era necesario estudiar trigonometría.
Una tarde estuvimos poniendo discos. Curioseando entre la colección del cuñado (que no valía mucho la pena, por cierto) encontramos un disco de Santana llamado Abraxas. Wow. Un par de años antes yo había contraído el mal de Hesse, que consistió en leer lo más posible de ese autor, aunque confieso que algunos de sus temas me eran incomprensibles. Me impresionó particularmente Demian, una novela muy viajada. Ahora no recuerdo gran cosa de la trama, creo que era sobre un tipo muy extraño y la impresión que causaba en su amigo, algo así. No obstante, recuerdo con claridad un par de frases: “El ave rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Del mundo surge un nuevo Dios. El Dios se llama Abraxas”.
La cosa es que en el famoso disco de Santana había (hay) una canción potente e inolvidable, Black Magic Woman/Gypsy Queen. La escuché esa primera vez y nunca dejé de escucharla. Y eso que la onda rumbera y de chunchaca de Santana no es lo mío.
Black Magic Woman/Gypsy Queen empieza con cierta timidez, como no queriendo. Un órgano que ahora se escucha retro, las percusiones y los slides de la guitarra del buen Carlos. La rola es de la autoría de Peter Green, cierto, pero Santana y su banda la convirtieron en todo un alucine, sobre todo en la parte del solo final, al hacer un meddley con Gypsy Queen, de Gábor Szabó. Es allí donde los percusionistas se volvieron locos.
Escucho y escucho esa rola sin cansarme. Y me sorprende todavía la potencia de la sección rítmica y de todo lo que ocurre con los instrumentos de percusión. Luego de un solo de piano, de dos estrofas cantadas por Greg Rollie, de un solo de guitarra y de una estrofa más, el grupo se prepara para el gran final, con una versión modificada de Gypsy Queen.
Es un viaje para el cual las descripciones quedan cortas, de modo que acá les dejo un enlace a Youtube. Escuchen ustedes el agasajo que inventaron para la posteridad con las congas, los timbales, la batería, la tabla y los bongós de José Chepito Areas, Mike Carabello, Rico Reyes, Steven Saphore y Michael Shrieve. ¡Canela pura!
viernes, 18 de febrero de 2011
Rust Never Sleeps

En 1979 Neil Young puso a circular el que sería su nuevo disco de estudio: Rust Never Sleeps. Es un disco estremecedor de principio a fin. Neil y Crazy Horse grabaron la mayor parte de las canciones en vivo, en el Cow Palace, de San Francisco, California, aunque en la producción le eliminaron el ruido de la audiencia. Sólo se grabaron en estudio dos canciones, Sail Away y Pocahontas, que para entonces era una canción viejita, como de 1975.
Rust Never Sleeps, en su versión de acetato, estaba dividido en un lado acústico y el otro eléctrico. Abria el lado acústico la estremecedora My My, Hey Hey (Out of the Blue) un tema bellísimo dedicado al cantante de los Sex Pistols, Johnny Rotten. A continuación esa extrañeza que es Thrasher, y luego Ride My Llama, Pocahontas y Sail Away.
Por el otro lado, eléctrico, pachequísmo, con las guitarras saturadas de distorsión, el agasajo empezaba con Powderfinger, una rola enigmática cuyo significado es, todavía, motivo de toda clase de lucubraciones entre los fans de Neil y en los grupos de discusión dedicados a él en la red. Venían después dos rolas muy extrañas, Welfare Mothers y Sedan Delivery, para terminar con ese alucine que es Hey Hey, My My (Into the Black), segunda versión de la canción acústica que abre el disco.
Yo descubrí este disco, el primero que escuché de Neil, a principios de 1983, y fue una sacudida. De modo que se volvió referencia obligada en la banda sonora de mi vida por los años siguientes, cuando Jenny estaba pequeña y vivíamos en un minúsculo departamento de la calle Venezuela, en el corazón de la ciudad de México.
De ahí en adelante fue buscar y buscar más discos de Neil. Eran los tiempos previos a la Internet, de modo que era necesario peregrinar por las tiendas de disco o por el Tianguis del Chopo. Cuando nos vinimos a Tuxpan la tarea fue más difícil. Ya les dije, creo que ya les dije, que en este pueblo sólo había una tienda que vendía música que no fuera del circuito comercial de esos años. Sin embargo, era necesario solicitar el disco y esperar semanas, a veces meses, el milagro de la aparición del disco. Eso, y la severa escasez de dinero fueron los impedimentos mayores de esa época, hasta que llegó la Internet al pueblo y pudimos salir de la hambruna musical.
Neil Young es uno de mis artistas favoritos, a pesar de que es la primera vez en años que me ocupo de él desde que empecé a publicar Un Toque de Rock en el periódico Noreste de mi pueblo. Y Rust Never Sleeps es uno de esos discos que escucho y escucho con muchísimo gusto. Diré de inmediato que también traté de tocar algunas de esas canciones, con mediano éxito, en la guitarra, y que en nuestras cada día más escasas sesiones con Pablo, mi hijo, alguna vez nos ejecutamos Powderfinger: “Look out, mama, there´s a white boat comin´ up the river/whit a big red beacon, and a flag, and a man in the rail…”
Hasta la fecha nadie sabe de qué trata exactamente la rola. Ya les comenté que en la red hay grupos de discusión que analizan las canciones de Neil, y que esta, junto con Thrasher es una de las más enigmáticas. Las letras de Neil alcanzan en ocasiones un grado de sofisticación comparable al de Bob Dylan. Es sin duda un gran escritor de canciones y un músico que sigue su propio camino, a veces a contracorriente.
Acá les dejo un enlace a Powderfinger en vivo. No importa tanto el significado como la belleza del tema. Que lo disfruten.
lunes, 14 de febrero de 2011
El Boxeador...



David El Macetón Cabrera
Ricardo Garibay escribió alguna vez, creo que en Fiera Infancia y Otros Años, las siguientes frases: “Nunca he conseguido ser enteramente auténtico, me gustaría parecerme al boxeador que sin oportunidad ninguna de triunfo, como alegre suicida, sigue rompiéndose la madre hasta el último round”.
Qué bella imagen: rompiéndose la madre hasta el último round, sabiendo que todo está perdido.
Así era David El Macetón Cabrera, un peleador de peso semicompleto que tuvo su media hora de fama a principios de los 80. Dicha fama residió sobre todo en su discapacidad, ya que tenía rígida la pierna derecha a consecuencia de un accidente con un autobús. También fue famoso por que carecía de técnica en eso de liarse a mamporros con el prójimo.
Lo vi en 1981 creo. Fue en la vieja Arena Coliseo, no recuerdo el nombre de su oponente. Era una locomotora el Macetón Cabrera, una avalancha ciega de golpes y sudor y sangre, un rehilete de brazos desbocados; una furia cuya determinación lo hacía ir para adelante, para adelante, para adelante, con los pómulos tumefactos, las cejas monstruosas, los labios en flor.
Iba al frente el Macetón Cabrera, demoliendo al contrincante a base de puros riñones, sin cintura, sin bénding, sin fáit-step, apoyado en la pierna reseca, en su aguante prodigioso y en su voluntad de fierro colado. Dejaba para otros la elegancia, el estilo, los golpes a la alta escuela; lo suyo era abrirse paso a pico y pala, a madrazo limpio, como lo que era: un guerrero del cuadrilátero, una leyenda. Lo suyo eran huevos y actitud; no necesitó de más.
David Cabrera murió hace poco, en diciembre de 2010, a la edad de 73 años. Uno de sus admiradores dijo: “Él era el tipo que quisieras a tu lado en una pelea de cantina. El Macetón parecía una puta muralla mientras cruzaba el ring con ese pie arrastrándose detrás de él. Era como su ancla, pero él nunca permitió que eso le impidiera pelear. Era un verdadero boxeador ese vato”. No puedo pensar en un obituario más justo.
Lo recuerdo ahora por las palabras del Ricardo Garibay, boxeador frustrado y escritor de altos vuelos, quien se ocupó del tema como pocos en Las Glorias del Gran Púas, ese testimonio inigualable sobre otra leyenda de los encordados, Rubén El Púas Olivares.
Lo recuerdo porque ahora mismo estoy escuchando The Boxer, de Paul Simon, y algo de inasible nostalgia y de tristeza se cuela de pronto en estas palabras. Como una racha de aire frío. Como el recordatorio de una sentencia irrevocable.
Hace mucho tiempo intenté tocar The Boxer en la guitarra. La canción tiene cierta dificultad por el Travis picking, o como se le llame, y porque además canto feo y mal. Pero la letra tiene una belleza aterradora, un coraje del que las palabras de Garibay hacen eco quizá sin saberlo, sobre todo la última estrofa, para la cual no encuentro la traducción adecuada. Perdonen la carencia; en el inglés, como en algunas otras materias del conocimiento humano, soy autodidacta:
In the clearing stands a boxer,/And a fighter by his trade/And he carries the reminders/Of ev'ry glove that laid him down/And cut him till he cried out/In his anger and his shame,/"I am leaving, I am leaving."/But the fighter still remains…
Sí, el peleador sigue...
martes, 16 de noviembre de 2010
Eternos Beatles (sí, de nuevo)

jueves, 11 de noviembre de 2010
Dire Straits - Walk of Life
viernes, 15 de octubre de 2010
Sobre el iPod...
Hace poco más de un año mi hermano Jorge me vendió un iPod Touch. Era sencillito, de los de primera generación y con ocho gigas de capacidad. De inmediato lo rellené con centenares de mis canciones favoritas, y lo traje de un lado para otro, como niño con juguete nuevo. Era un juguete nuevo. Además mi sobrino Jorge, le había puesto algunos juegos, lo cual lo hacía más disfrutable. También le compré unos audífonos nuevos. Perdonen ustedes la herejía, pero los originales no dan batalla. Le puse unos Sony Megabass y con eso quedó completo.
Nunca le añadí fotografías ni videos (alguna vez les contaré sobre mi resistencia a ver conciertos y esas cosas), sólo música, y en ocasiones lo utilicé para conectarme a la Internet. Nada del otro mundo. Ese iPod me ayudó a superar el tedio de algunos viajes largos que hice en los últimos dos años, porque estaba provisto de un compendio de mis álbumes favoritos y de algunas canciones imprescindibles en la banda sonora de mi vida. En uno de esos viajes lo llevé a que le revisaran la batería, que ya le duraba muy poco.
El tipo que lo revisó me dijo que se trataba de un problema de software, así es que sometió al iPod a una craneotomía urgente y le hizo jailbreak: quedó como nuevo, literalmente, y sin una sola de mis imprescindibles canciones. Yo no sabía entonces que eso del jailbreak deja al iPod como Dios lo echa al mundo (lo supe por la vía de la sorpresa que me llevé en esos momentos), de modo que fue necesario utilizar la portátil para sincronizarlo de nuevo con algunas rolas para el viaje de regreso a Tuxpan.
Al poco tiempo perdí el iPod. No supe dónde quedó. Ni siquiera la búsqueda intensiva, milimétrica, en las estancias de la casa dio resultado. Ya no estaba. Traté de suplir su ausencia alimentando con música mi teléfono móvil peor nunca fue lo mismo, hasta que le perdí el amor a 4 mil pesos y me compré uno nuevecito, de 32 gigas, al que de inmediato le puse una funda rígida de acrílico y una calcomanía protectora en la pantalla. Después me di a la tarea de cargarlo de música.
Quizá sea ocioso decirles que de momento fue como una copia exacta del primero. Será que me estoy volviendo viejo, pero hagan de cuenta que lo sincronicé con la misma configuración del iTunes, aunque no fue así. Simplemente vuelvo a mis viejas canciones como quien vuelve a un mal hábito, de modo que hice ahora un esfuerzo consciente por añadirle un repertorio diferente al anterior, y probar temas diferentes, olvidados hasta ese momento en la musicoteca digital.
Verán ustedes. Le puse material de Johnny Cash, los American Recordings, los Unhearted y un disco que me parece muy bello, Storytellers, donde canta mano a mano con Willie Nelson. También agregué repertorio a la sección de metal, con Megadeth, Motorhead, Iced Earth (el En Vivo en Atenas es de mis favoritos), varios discos de Judas Priest, mucho Slayer (por extraño que parezca Kerry King es uno de mis guitarristas favoritos), y algunos álbumes de Whitesnake.
En la onda de los viejitos aparecieron los Who (una recopilación de sus mejores rolas, el grupo no da para más), los Guns´n Roses y el Deep Purple, con algunos álbumes imprescindibles: Made in Japan, Made in Europe y el magnífico Machinehead. Puse dos discos de Dylan, Bringinin It All Back Home y Slow Train coming, el primero por razones sentimentales, ya que marcó mi encuentro con Dylan en el verano de 1977, y el segundo por tratarse de una especie de reflexión sobre Dios y la espiritualidad, cualquier cosa que eso signifique. Incluí Uprising, de Bob Marley, algo de The Doors, de Buffalo Springfield y de Crosby, Stills, Nash and Young.
Tiene una lista de reproducción que se llama Matonas. Allí puse canciones que deben ser de acceso inmediato, aunque yo mismo me sorprendo de su contenido. Está Jambalaya, de Hank Williams, One of Us, de Joan Osborne; los covers que hizo Johnny Cash (¿por qué no tuve yo la voz de Johnny Cash?)a Hurt, de NIN, y a One, de los U2. Se encuentran también Goin´Home, interpretada por Ten Years After, y el Himno Nacional Gringo, destrozado magistralmente por Jimmi Hendrix, ambas del Festival de Woodstock; Little Girl Blue, Summertime y Piece of my Heart, en la voz de la Diosa Janis y Black Magic Woman, a cargo de Carlos Santana, sobre todo por la extraordinaria sección de percusiones, entre otras.
Me falta ponerle material en español. Ya tengo en la mira lo que subiré al iTunes este fin de semana: Carlos Arellano, Jaime López, Andrés Calamaro, Joaquín Sabina, rock mexicano del llamado rupestre, encabezado por Rodrigo González, y Real de Catorce, con quienes tengo pendiente un artículo de desagravio. Ya les contaré.
martes, 14 de septiembre de 2010
John Henry Bonham, aka Bonzo...
Hoy por la mañana escuché tres versiones diferentes de Rock and Roll, la del cuarto álbum, la de la banda sonora de la película The Song Remains the Same, y la del disco How the West was Won, y si algo tienen en común las tres versiones es la potencia brutal de Bonham. Fue la primera canción que conocí del Zeppelin. Nunca he dejado de escucharla. Nunca deja de emocionarme.
martes, 31 de agosto de 2010
Recuerde el alma dormida...
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
Pensaba comunicarles mi pasmo ante la vida, la muerte y la fugacidad del tiempo. Mejor les dedico estos versos de Jorge Manrique, los de apertura de las Coplas por la Muerte de su Padre...
Sirvan también para decirles que estoy de regreso, y que ya estaré actualizando mi bitácora con estas y otras tonterías.
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Cuánta verdad...
miércoles, 7 de octubre de 2009
Acá estoy de nuevo...
Luego de la idea loca que tuve de compartirles mi gusto por la pintura vuelvo a mi blog, a la música que me hace sentirme vivo, que hace tolerable esto que llamamos vida.
Hoy no escribiré más... sólo vine a decirles que estoy vivo, a pesar de esta lluvia que hoy me quita las ganas de vivir...
domingo, 14 de junio de 2009
Bueno, ¡¿qué carajos está pasando?!

Un Toque de Rock cambió de giro y ahora se ocupa de las obras maestras de la pintura. No sé. Alguna vez escribí en esta bitácora que allá en los años lejanos de mi juventud pensé que no podría seguir viviendo el día que dejara de pintar, que dejara de pensar como pintor, en la pintura. También dije que estaba equivocado.
Veo mis dibujos. Veo que el último, que ya les compartí en este sitio, cumplirá casi dos años. De esa fecha para acá no he tirado una sola línea. Y por lo que parece no lo haré más. Al menos no en la próxima semana, que es más de lo que yo considero fututro. Es locura, nada más.
Pero hay algo vivo, inmortal, en la obra de Van Gogh, de Vermeer, de Picasso... creo que hubieran sido buenos rocanroleros. No me hagan caso. Estoy cansado y tengo sueño.
Me voy. Mientras, les dejo esta imagen del pintor mexicano Arturo Rivera.
jueves, 11 de junio de 2009
martes, 9 de junio de 2009
Ya sé, nada qué ver...

Y si hay tiempo, ver la mayor cantidad de Van Goghs que sea posible.
Después morir.
jueves, 4 de junio de 2009
En realidad está difícil...
Hacer un top-ten de mis rolas me parece una tarea muy escabrosa... son tantas, que haría un top-cien... y ni así...
Miren ustedes: pensé de inmediato en Led Zeppelin. Wow. Tienen por lo menos 10 rolas que considero indispensables: When the Leeve Breaks, Rock and Roll, Kashmir, In My Time of Dying, Baby I'm Gonna Leave You, Communication Breakdown, Inmigrant Song, Whole Lotta Love, Rain Song, y por supuesto Stairway to Heaven. Ahí acabó mi top-ten.
Pero digamos que me quede con dos: When the Leeve Breaks, por la batería impresionante de Bonzo Bonham, y Rock and Roll, por cañera y rompemadres.
Luego pensé en Pink Floyd... uh: Wish You Where Here, Time, Comfortbly Numb, Welcome to the Machine...
Ylos Rolling Stones: Gimme Shelter y la versión en vivo de Simpathy for the Devil (sí, la del Get Yer Ya Ya's Out, o como se llame...).
O el Deep Purple: Highway Star, la del Made in Japan, o esa obra maestra de Ian Paice que se llama You Fool No One, del Made in Europe. Y por razones sentimentales Smoke On The Water.
O los Smashing Pumpkins: 1979, por ejemplo, o Today.
O Yellow Ledbetter, de Pearl Jam.
Pensé también en Lone Star, de Stuart Hamm; en The End, de los Doors; en Little Wing, de Hendrix, aunque también incluiría la versión del himno gringo que tocó en Woodstock.
Y bueno, se me complicó el panorama...
lunes, 25 de mayo de 2009
Las Clásicas (según yo)
Ya tiene días que no le meto nada nuevo, así es que estuve hurgando en mis listas de reproducción, una rolita de aquí, otra de allá... y estuve pensando en compartir con ustedes mi experiencia con esas rolas... mis Clásicas, las que me conmueven gacho, o las que escucho con admiración y sorpresa.
Algunas son muy viejas, otras no tanto, todas me conmueven. Y quizá en una de esas les den a ustedes ganas de escucharlas, de comprobar si está ahí la caña, el sentimiento, el ponch que me conmueve.
O tal vez piensen que ya estoy chocheando.
Pero igual, en una de esas, les recetaré mis Clásicas. Mis muy arbitrarias Clásicas.
A ver qué les parecen.
Mientras, ¡salud y larga vida al rock and roll!
lunes, 18 de mayo de 2009
Ya que estamos en esto
Lo que sí deseo decirles es que a pesar de sus carencias lingüístico-literarias, en estas entradas de la bitácora no hay un solo comentario que traicione a mis convicciones, o que obedezca a fines ajenos al mero ejercicio de mis filias (y en ocasiones, de mis fobias).
Por eso me sorprendió encontrar un comentario virulento, rabioso, en la entrada que escribí sobre Real de Catorce.
Conozco a Fernando Ábrego desde hace unos 30 años. Ambos éramos adolescentes. Ambos teníamos en común el amor por la música, sobre todo por el blues. De Fernando aprendí muchísimo. Su amistad es uno de los bienes más preciados de mi vida, no porque sea un músico notable, sino por la persona que es.
Cuando lo conocí Fernando tenía 16 años apenas. Y ya era ya un guitarrista sobresaliente y un estupendo cantante, aunque tocara y cantara canciones de la entonces Nueva Trova Cubana, a la cual detesto desde esas épocas, aunque a medias, porque de vez en cuando practico el vicio secreto de escuchar a Silvio. Pero no era eso lo que deseaba comentarles.
Como baterista no tiene comparación. Y lo digo sin ponerme a pensar que es mi amigo. Me consta su calidad como compositor y ejecutante, nada más. Y me consta porque toqué con él (yo era entonces, al igual que ahora, un bajista pésimo (y pésimo guitarrista, dicho sea de paso).
Nuestro grupo, un grupo de historia fugaz, necesitaba de un baterista. Fernando tocaba la guitarra, yo trataba de tocar el bajo, Leonel tocaba la guitarra, Francisco era el gritante y tecladista. Ah, y el Walle tocaba la armónica. Y no había baterista. Y yo estuve ahí el día en que Fernando dijo, bueno, pues yo la toco. Y sin haberlo hecho nunca nos recetó en ese mismo momento una buena tanda de tarolazos. De ahí para adelante.
Fernando y yo nos separamos hace mucho tiempo, pero nuestra amistad sobrevive, a pesar del tiempo y la distancia. Seguí de cerca el desarrollo del Real, los escuché crecer, disfruté sus discos. Los considero de lo mejor que se haya escuchado en México, por su calidad interpretativa, por su ponch, por el alma del grupo, que era un alma colectiva y no de una sola persona.
Sin embargo, insisto en mantener mi opinión. Los fui a escuchar en alguna de sus últimas actuaciones y, perdonen ustedes la herejía, ese hombre ejecutaba una pose perfecta de Jim Morrison. Insisto en que las letras son la parte más floja de la obra del Real. Insisto en considerar que lo más doloroso, lo realmente lamentable de todo este asunto del truene del grupo sea el derrumbe de la amistad.
Es penoso que tantos años que picar piedra juntos, de tantos y tantos años de abrirse paso a puro riñón y sacrificio, tantos años de compartir la vida, hayan terminado de una manera patética y lamentable. Sus seguidores perdimos a un gran grupo, pero ellos perdieron más, perdieron el amor de sus amigos, perdieron la compañía solidaria, perdieron el proyecto musical, el producto de tantos años de chinga. Y lo perdieron por una cuestión de ego. Eso es lo realmente doloroso.
Insisto: soy parcial. Esta bitácora refelja mis opiniones muy personales. Es un recuento de lo que me gusta (y en ocasiones de lo que no me gusta). Muchas veces estaré equivocado, pero eso no le resta honestidad a mis pensamientos. Pero creo que no es con descalificaciones e insultos como podremos analizar lo que le aconteció al Real.
Así es que, querido cibernauta Anónimo: tus insultos fueron para mí una digresión. Sigo esperando tus argumentos.
¡Y larga vida al rock, carajo!
domingo, 17 de mayo de 2009
Por aquí, dando la vuelta...
Para los niños pobres de entonces no había más fuente rockera que la radio. En Radio Capital pasaban Rock a la Róling, y un mano a mano de los Doors y los Crídens. En Radio Éxitos pasaban un programa de los Beatles tres veces al día. en Radio 590, La Pantera, de vez en cuando nos regalaban algo digno de escuchar. Luego en Canal 710 un tipo muy pacheco también se daba a la tarea de pasar disco completos, algo inusual en la radio comercial. Quizá era hijo del dueño, porque de otra manera no nos explicamos cómo podía hacerlo. En esa estación escuché por primera vez, completita, sin cortes, la banda sonora de The Song Remains the Same, la película de Led Zeppelin.
Había cierta decencia en la programación de WFM, con la voz inmortal de Mario Vargas. Y por cierto, Radio UNAM, el verdadero agasajo, porque pasaban clásica (es decir Mozart, Bach, etcétera) y rock, mucho rock novedoso. Ahí fueron mis primeros contactos con el punk, pero también con Dylan y con Genesis.
No había dinero para discos, mis amigos. Era necesario ahorrar durante semanas para comprar uno. Recuerdo que en el tianguis rodante de mi colonia pude comprar el Zeppelin I, luego de semanas de intensa agonía ahorrando peso sobre peso. Fue un momento glorioso.
domingo, 12 de abril de 2009
Nada más por decir...
Me gusta el olor de los libros, la quietud de las tardes de domingo, la luz del atardecer, la música a todo volumen. Me gusta el aroma de las gardenias, de las piñas (aunque no pueda comerlas), de los mangos que huelen a copal. Me gustan los morrales de artesanías, los pantalones de mezclilla, los zapatos viejos, las playeras sin estampado, los calzoncillos tipo bóxer. Me gusta el roce del agua cuando me baño, me gusta traer las manos limpias, me gusta andar descalzo (aunque casi nunca lo hago), me gustan las catarinitas y los dulces caseros, me gustan los perros, las gallinas y los gatos, me gustan los camarones, el pescado frito, las aguas de coco y de horchata de arroz.
Me gusta el olor de la ropa limpia, los juegos de computadora. Me gusta vagabundear por la red, escribir en un cuaderno viejito, escaparme a tomar café los lunes en El Safari. Me gusta fumar, me gusta la coca cola, me gusta estar a solas.
Megusta escuchar núsica con audífonos, me gusta charla con mis hijos (aunque cada vez charlamos menos), me gusta subir material y compartirlo, me gustan los puros de Córdoba, el café de La Parroquia, los tacos del Moreno, acá en mi pueblo. Me gusta perder el tiempo con los amigos, decir tonterías y chismes. Me gustan el mar y la playa y las palapitas y las escolleras, me gusta el río, me gusta mirar a los barcos anclados en la dársena. Me gusta el silbato de los trenes, aunque signifiquen para mí tanta nostalgia...
Cómo se pasa la vida...
Parte de la excusa consiste en ahcerles saber que estuve fuera de la casa durante cuatro semanas de esos dos meses y medio, y que en ir, volver y hscerme tonto se me fue el tiempo. Además, estoy envejeciendo, y la fuerza no es la misma de antes.
Les comento que para esos viajes decidí llenar mi iPod de cuanta música fuera posible, tomando de acá y de allá, hurgando en los rincones de mi biblioteca digital en busca de música para paliar la soledad de los viajes y las salas de espera. Ahora que reviso las listas de reproducción me sorprende lo variado del negocio, lo ecléctico, por así decirlo, y lo incompleto.
Incluí los tres discos del Bob Dylan Esencial, porque son esenciales. También los dos en vivo del Deep Purple (Made in Europe y Made in Japan), así como el extraordinario Machine Head. Hay dos de Kings of Leon, por supuesto, y uno de los Flaming Lips, Yoshimi Battles The Pink Robots. Supremo. Puse dos discos de Carlos Arellano, Canciones Domésticas y El Baile de las Cosas, aunque también subí, cómo no, las cajas remasterizadas de Led Zeppelin.
Puse la banda sonora de O Brother Where Are Thou, esa enorme película de los hermanos Coen, y para seguir en la lìnea ranchera escogí también el Timeless Hank Williams, un homenaje al Flaco Hank, en el que incluso canta Keith Richards. Por nostalgia y no por otra cosa, escogí algunas rolas de Van Halen y su álbum doble en vivo, Right Here, Right Now. Para contrastar tanta guitarra también traigo algunos discos de Rockdrigo González y Suicida, el disco de Vago, donde Charlie Montana canta tu mamá no me quiereeee, dice que soy un vago...
Traigo los American Recordings de Johnny Cash, y los dos de los Highwayman. De lujo. Hay material de Andrés Calamaro, Bob Marley, de los Eagles, y, last but not least, de los Beatles. Ajá. Me acompañan los dos cedés de Revolving, y uno de mis favoritos de todos los tiempos It's Not too Bad, que le contiene lo que es el desarrollo de esa rola enorme, Strawberry Fields Forever. Completan el cuadro varios cedés de Neil Young, la antología de Paul Simon, The Bends y OK Computer, de Radiohead, así como un The Best de Judas Priest. Ah, y un par de discos de Leño, un grupo español ochentero.
Nunca nadie puede estar solo cuando tiene disponible toda esa compañía.
lunes, 26 de enero de 2009
Pablo

Pero una tarde le dio por escuchar la banda sonora de Misión Imposible (o algo así, espero que él mismo pueda aclarárnoslo un día) y ahí empezó el desorden: se compuso de la mente y comprendió que el rock es la neta. Y ya nunca más volvió a ser el mismo. Quiero decir que parecía el mismo pero ya no era el mismo. La neta del rock le dio a media cabeza.
Ya tendré tiempo para contarles cómo y de qué manera se compuso este muchacho que empezó escuchando a Limp Bizkit y a los Red Hot Chilli Peppers, hasta derivar en lo más preciso y machín de la vida: Pink Floyd, Led Zeppelin y Radiohead. Pero no todo es perfecto: se niega a reconocer la supremacía de los Beatles. Eso nunca de los nuncas se lo voy a perdonar.
En esos años que fue a la secundaria traté de contagiarlo con el virus de la guitarra pero fui vencido por los videojuegos, y por su indiferencia ante la música. Sin embargo, cuando le entró de lleno al rock, su idea fue convertirse en baterista, de modo que emprendió una campaña entre madre, padre, tías y partes interesadas, para que le compraran una batería y pudiera convertirse él en el Nuevo Bonzo Bonham. De nada sirvió mi defensa de la guitarra como la neta de la vida, ni hacerle saber que el baterista siempre se pierde lo mejor de la fiesta: para cuando termina de desarmar el circo y guardarlo ya todas las muchachas bonitas se fueron.
Total que el muchacho se puso necio. Después de algunas deliberaciones (y de hacer la cópera para el instrumento músico de percusión) le hablamos a Fernando Ábrego, baterista del legendario Real de Catorce, para que nos vendiera una batería. Así fue. Era una Tama de vasos largos. De madera-madera, no de aserrín comprimido. Fue necesario comprarle platillos y baquetas para completar el juego. De inmediato, el muchacho tomó clases y se puso a darle con fe… durante unos dos meses, hasta que comprendió que la neta de la vida es la guitarra.
Presa de no sé qué locura le prometí que cuando saliera del Cetis le regalaría una guitarra eléctrica, sin saber que el fin de cursos me agarraría sin dinero (para variar) y fue necesario, con tal de cumplir mi promesa, obsequiarle mi preciada Fender Stratocaster, el amplificador Marshall de 30 watts y un pedal de distorsión Ibanez.
Yo creo que una noche de esas lo asaltó el espíritu de Jimi Hendrix, porque empezó a estudiar la guitarra con inusual fervor. La batería era cosa del pasado. Yo tengo la hipótesis de que le causaba demasiado esfuerzo físico y decidió dejarla por eso. Es que este muchacho prefiere evitar la fatiga. Así es.
Este muchacho es mi hijo y hace unos días, el 23 de enero cumplió 23 años. A estas alturas de su vida es un guitarrista respetable, aunque toca con cara de palo, como si no hubiera ninguna clase de emoción circulando por sus venas. Sin embargo lo admiro porque sé que no tardará en superar al maestro. La batería no se supo dónde quedó, perdida en las vueltas que la vida dio en Tampico. Lástima, era una batería llena de historia.
Hace 23 años era apenas un muñeco que lloraba a sus horas pidiendo lechita y cambio de pañales y ahora quién lo viera, tan adulto, tan serio a veces, tan dueño de sí mismo. Pero cada que se cuelga la Fender hay algo en él que lo hace vivir, como a mí cuando agarro la Ibanez y lo invito a tocar viejas rolas. De pronto hay magia en el ambiente cuando suenan los primeros guitarrazos con distorsión. En ese momento no somos padre e hijo, sino dos tipos felices a quienes la música les toca el alma.
Hoy quiero decirle que lo amo, y que es un privilegio haberlo acompañado todos estos años por el camino de la vida. También es un privilegio hacer música con él.
